Los amigos de mis amigos, son...

 

Hubo un tiempo en que mi concepto de "amistad", funcionó como algo super distinto de lo que hoy existe. No es solo que nos dejen en visto. No. Es algo harto más profundo que aquello. A la larga la gente responde frente a cuestiones que representa interés. Y esta es una realidad cruda pero no por ello menos cierta. Mi concepto de amistad varió, pero mutó al tenor de lo que hubo antes, más bien fue inexacto o un tanto atolondrado considerársele del modo en que yo lo hacíá. Demás está agregar —en todo caso— que los vínculos por regla general ya no son lo que fueron. Eso es un hecho. No quiero deambular tanto; yo concebía la amistad de manera simbiótica, y lo más seguro es que se debiese a mi percepción de la "pérdida"... la regla primitiva del abandono estándar acabó convirtiéndome en alguien temeroso y controlador; había que medir los riesgos y establecer un circuito de ponderables para "atajar" el dolor que, eventualmente, podría implicar perder otra vez a alguien más.

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El problema sin duda, pasaba por el hecho de que imputar estas responsabilidad a los sujetos de amistad se volvió un trastorno del comportamiento. Y cómo no: ¿por qué alguien querría que una amistad se volviese un conjunto de instrucciones por ejecutar y cumplir? Nadie. La amistad por cierto es la más rara de las libertades, sin esta convicción/esencia me temo nada puede florescer y sostenerse por demasiado tiempo. Por supuesto que las amistades exigen mínimos conductuales razonables (si se está en presencia de amistades con responsabilidad afectiva), y se hace necesario estableces una que otra "regla" para mantener a salvo el piso en que ese vínculo se sostenga. Esto también permite darse cuenta de cuándo hemos atravesdo un límite y la amistad corre risgo de malograrse.

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Al creer que la esencia de la amistad significaba un pegoteo sin principio ni final (pero que obedece a mi nulo lazo materno...), permanecí atada a figuras en las que sacrifiqué practicamente todo para que ese amigo/a no me abandonase. Una y otra vez permití toda clase de arrebatos, ninguneos o descalificaciones que, se me advertía, eran ofrecidas en honor a la amistad, a que yo aprendiese, a que me pusiera más viva o que acabase siendo del modo en que se me exigía y debía llegar a ser, para dar en la talla de esa categoría de amistad. ¡Ja! Claro. Ahora me río. Antes no. Antes lloré un montón porque siempre creí ser abandonada por indigna. 

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Pero la amistad, con todo y pasado rancio, continúa siendo una decisión; si tienes dos o tres amigos, considérate más que afortunado. Créeme: no necesitas más amigos.

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Ahora bien. ¿Qué sucede si a la larga trabas amistad con personas que eran amigos de amigos con los que ya no te relacionas? ¿Se puede? ¿Estás faltando a alguna clase de lealtad ex-profeso? O en realidad se trata de una oportunidad genuina. No tengo idea, pero es justo lo que me está pasando por estos días. Estoy relacionándome con un buen amigo de una vieja amiga con la cual nunca más nos hablamos. Así no más.



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